Me gustan los jueves, recitar, la tortilla de patata, el valle de Ordesa, hablar de nada con los amigos, escribir con pilots, planchar, explorar los contornos, el otoño y la primavera, la luz de noviembre, el nescafé, buscar parecidos entre los pies y las manos, los teclados, las lenguas muertas, hacer planes, los edredones de plumas, Mercedes Sosa cantando Alfonsina y el mar, la comida japonesa, y los ogros. Me encantan los atardeceres en la Plaza de Oriente, mirar a los ojos a un desconocido, los cementerios, los inteligentes generosos, los postres semifríos, las flores en los balcones, que me abracen con fuerza, los relojes de arena, las varitas mágicas, pisar los charcos, las bibliotecas públicas, el buen vino y leer todos los años las églogas de Garcilaso.
No me gustan los sábados, hablar por teléfono, las inmobiliarias, la nata en la leche, ir al gimnasio, las babosas, los platos sin recoger, el segundo día de lluvia, pasar la aspiradora si hay alfombras, las guerras de las galaxias, los ricos, las clases de inglés, las bodas, el olor de la gasolina, despedirme de mi madre en la puerta del ascensor, las pulseras de oro, esperar, perder la partida, la niebla, el último capítulo, los descapotables, ordenar los zapatos… Me dan miedo los dentistas, los perros sueltos sin dueño, los señores que pegan y las señoras que gritan. No soporto ni los trasbordos ni la soberbia. Me irrita hacer cola en el cine, los coches que aparcan en todos los cruces, los amores cobardes, escribir en hojas de cuadritos y la excesiva lentitud…