A la arena
23 de abril de 2010
Aunque nunca fuimos de vacaciones a la playa, siempre tuve un cubo con pala y con rastrillo.
Debajo del piso en el que vivíamos desde que cumplí tres años había una explanada grande cubierta de arena, pensada para que los más pequeños pudiéramos jugar solos y sin peligro. Aquí un hoyo, allí una carretera y un garaje, lo de más allá sería un puente… Y en la tarde posterior vuelta a las obras públicas: pues yo una autopista y tú un túnel o un garaje más grande que el de ayer (curiosamente, no conservo el recuerdo de la construcción de castillos).
La arena siempre… En la arena todo era posible…
No importaba que las olas del mar no llegasen hasta el portal tres de la cooperativa porque aprovechábamos todos los chaparrones (qué más puedo decir de mi afición a los charcos) y porque a los niños de entonces no nos repugnaba amasar tierra con meados. Así debió de oler el mar sin playa de mi infancia, las curvas de los circuitos de chapas o la carrocería de los coches de trozo de ladrillo.
Cuando hice la primera comunión mi madre quiso que llevara las uñas de las manos arregladitas como las niñas. No puede ser, esta tiene los dedos imposibles de tanto rascar en la arena. Sin embargo, qué piel tan suave conservo todavía y qué olor a mar…



