Archivo de 'Casi biografía' Category

Ojo Pipa (II)


7 de Octubre de 2008

Y yo elegí… que me agarrara la nuca y me golpeara con toda su fuerza contra la pared, la misma que me había recibido a punta de ladrillo cuando aún solo sabía conducir la bici en línea recta. Me dolió mucho, me subió un pinchazo hasta las sienes (digo yo, de eso ya no me acuerdo…), me quedé muda, con la dignidad pegada en el cemento, creo que orgullosa de haber salvado mi patrimonio…

Ahora dicen que padezco de algo extraño y nervioso, que puede que sea herencia de mis tías las que van a todos los entierros, o que a lo mejor se relaciona con la meningitis que tuve de pequeña o con que mis padres fueran primos segundos… Qué tontería, fue el golpe y nada más. Aprendí la lección: tenía que haberle enseñado las bragas.

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Ojo Pipa


5 de Octubre de 2008

Yo quería un triciclo, pero entre todos me convencieron de que era mucho mejor esperar un poco y ahorrar para una bici, que corría más y ya la conducían los mayores. Vaya gracia, porque yo todavía era pequeña y lo que me hacía falta era el triciclo de la tienda “Los Plásticos”. Fue en vano, porque en mi familia nunca hubo tradición de triciclos, así es que se terminaron los ruegos y los lloriqueos.

No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi madre (creo que mi padre no tuvo nada que ver en el asunto, lo mismo prácticamente que en mi nacimiento…) juntó ¿cinco mil pesetas? y me compró con muchísima ilusión, y supongo que esfuerzo, una Rabasa Derby verde esmeralda, robusta y ¡preciosa! Pero, ay, no fue todo alegría, porque a ver quién era el guapo que se atrevía a montar sin ruedecillas… Claro, si es que yo tendría que haber pasado antes por el triciclo, que saltarse fases luego trae sus consecuencias… Que no, que no sin mis ruedecillas… Que la niña que parecía tan valiente se moría de miedo imaginándose con solamente dos ruedas enormes que correrían tanto que la estrellarían y tendría que morirse aun siendo todavía un poco pequeña…

Sabía que algún día tendría que aprender, así es que en casa intentaba visualizarme pedaleando con gracia y seguridad (la bici la aparcábamos en la entrada de nuestro piso): me sentaba en el sillín y sentía cómo el viento agitaba la melena que aún no tenía y cómo la gente me saludaba… Yo les devolvía el saludo ¡y conducía solo con una mano! Qué ensayos con tan poco aprovechamiento.

Entonces de nuevo intervino mi madre, que si tiene algo claro no hay quien la pare. Me bajó una tarde a la calle con la bici, y me dijo muy seria y con un tono amenazador que empleaba no muy a menudo: “Hasta que no aprendas no subimos a casa”. Funcionó su pedagogía: aprendí. Jamás habría pensado que era tan fácil, sobre todo ir en línea recta porque lo de torcer el manillar a izquierda o a derecha, o lo de apretar los frenos antes de chocarme contra la pared tuvo que aplazarse para la segunda sesión.

Por lo tanto, el día que me topé con Ojo Pipa en la “Tercera Arena” (yo vivía en la primera, por lo que me encontraba en territorio hostil) ya sabía montar en bici. Ojo Pipa, que solo tendría ocho años, era temido por todos los niños menores de nueve, y más por los que procedíamos de otras “arenas”. Mal asunto, Gemma, esto sí que era un problema y no lo de las ruedecillas… Como pudo, Ojo Pipa observó mi bici (ahora me río, claro, de ese ojillo que no podía abrir del todo, ¡pobre!), se plantó en medio de la acera por donde yo circulaba y me sentenció: “Puedes elegir: o te quito la bici, o me enseñas las bragas o te doy un coscorrón contra esa muro de ladrillo”.

Y yo elegí…

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Verano en prosas I


29 de Julio de 2008

Ya no tengo la menor duda: en el principio de los tiempos, las manos y los pies formaron parte de una misma “cosa”. Igual ocurrió con América, África y Europa, por ejemplo, o con Isabel y Diego, cuyo corazón fue uno solo no hace tanto en la remota ciudad de Teruel.

Una de mis pasiones estivales es observar en el metro o en el autobús la relación, que desde siempre se me antojó directa, entre las extremidades de los seres humanos. Aprovecho el transporte público porque el análisis atento y detenido y la elaboración de hipótesis aceptables han de acompañarse de tiempo y calma. Mis paseos por la línea 9 del metro de Madrid son fructíferos, y a diario desde Vinateros hasta Colombia no hago otra cosa que confirmar mis sospechas.

Casi siempre comienzo por abajo (últimamente allí me encuentro con mis ansias…). Me entusiasma poder contemplar lo que se me niega durante el invierno. Me hacen gracia los pies regordetes que rebosan de las tiras de las sandalias en las que encuentro meñiques irreductibles y empeines inflamados de verano; admiro la estética de los elegantes huesudos en los que los que decrecen los cinco dedos en proporción directa y exacta; me apenan los blanquitos como requesones, me intrigan los juanetudos que apuntan obstinados a otro lugar que ignoro… Y sí, también me fijo en las uñas, en su textura, en su color y me lamento por crueldad de la naturaleza y el tiempo. Por supuesto que hay soluciones: las lacas, los alicates, la amputación, la muerte…

A veces se me pasa el trayecto sin avanzar los ojos hacia arriba, pero los días en los que ando más espabilada tengo suficiente tiempo para acabar la concordancia. ¿No se habían dado cuenta de que son casi lo mismo? Los pies regordetes llaman a dedos rellenos y esclavos de alianzas imposibles, los elegantes huesudos se complementan con manos de pianistas en paro o de ilustres poetas que no escriben, y los blanquitos se conjuntan con manos frías de abandono… Veo manos agarradas con fuerza a la barra del vagón o que sostienen con furia un libro y comprendo la rabia o el desaliento de quien anda con unos pies juanetudos… Fueron una misma cosa y siento que se echan de menos, condenados para siempre a vivir en la distancia, a arrastrase unos, a otros volar, a quedar separados tan eternamente…

Estoy absolutamente segura: la prueba está en Teruel y en la línea 9 del metro, y la posibilidad en los corazones sensibles y en que un día de verano te encuentres un romántico caraculo.

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A dieta epistemológica


6 de Julio de 2008

Señores del DEA:

Ya lo sé, que no y que no, que cincuenta son cincuenta, y ahí no me consienten ni un suspiro más… Pues vaya… Por eso sigo mi rutina: desayuno galletas integrales con leche desnatada, como fruta y verduras, ceno poco y todas las mañanas me subo a la báscula. He aprendido a utilizar algunos trucos meto la tripa, aprieto el culo y 49,6, qué alivio. A veces, para mejorar la marca, me quito hasta el pijama…

Quiero que sepan que he tenido que ceñirme a un estricto régimen bajo en calorías, que me he privado del dulce de los puntos suspensivos, del exceso de hidratos de carbono de mis paréntesis, de las sabrosas salsas de tanta explicación. Qué decir de la poesía: no saben cómo engordan los paralelismos, las metáforas, y ay del día que me topo con un alegoría…. Tengan en cuenta, señores del DEA, que yo soy así, con tendencia a ensancharme por parte de madre.

Sin embargo, no se preocupen, soy rigurosa y disciplinada. Me sugieren que como complemento a mi estricta dieta pruebe con el deporte. Pero ya ven, tengo el cuerpo magullado y prefiero, antes de dar un salto, morirme una semana de inanición. Además, que el músculo pesa, y cincuenta son cincuenta y aquí no cabe ni una línea más.

Lo tendrán como quieren, huesudo, quizá un poco pálido… Me consuelo imaginando la peor suerte de los altos: ¿cincuenta con esa envergadura? No me quejo… Al fin y al cabo, a mí este número me sienta bien… y hay días en los que me encuentro hasta guapa.

En octubre nos veremos en el TEA, pero ahora que es verano y tengo ganas de cerveza en la terraza, siento pánico a que me cambie el metabolismo… Avísenme, mis amigos, si lo ven dar un paso adelante.

(Información para los que pasan de dietas y no se pesan cada mañana: El DEA es el Diploma de Estudios Avanzados: el TEA, el tribunal… ¡Cincuenta páginas!).

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Continuidad de los charcos II


13 de Junio de 2008

Cierto es que previamente a la caída, me había paseado por un cable, presumiendo de funámbula. Arriesgué demasiado mi número y, recién levantada y casi sin vestir, caí sin red al agua. Algunos testigos afirman que me tiré adrede, que no fue más que una de mis estrategias para casos difíciles, es decir, para excusarme aquel día de no entregar a tiempo mi trabajo de doctorado. Y así lo dicen porque afirman haberme oído pedir auxilio a una nave extraterrestre o manifestar a gritos mi deseo de que el planeta estallara o de que yo me desintegrase sin dar más explicaciones. No se ponen de acuerdo, pero los comprendo: un precedente marca toda una vida, qué lástima. Sin embargo, yo creo que tan solo fue un fallo de novata en la colación de los pies. ¿Y qué hacer cuando en un lago cenagoso a un ser humano se le paralizan las extremidades inferiores? ¿Cómo salir de un charco infinito si el nervio ciático te ata los tobillos con un nudo imposible? No lo sé… Procuré llegar a tierra firme moviendo solo los brazos, pero no tenía fuerza suficiente y me desvertebraba; puede que también gritase, pero desde todas las orillas no se entendían mis palabras, e incluso me pareció que un grupo de turistas de lagos misteriosos me mandaban saludos pensando quizá que estaba disfrutando del baño.

Les digo que ocurrió justo debajo de mi casa —o no sé si en el mismo cuarto de baño, cuando iba a ponerme un calcetín, cerca del bidé— y que de nuevo no tuve otro remedio que encontrar una solución dirigida a mi frágil supervivencia. El lago era peligroso y sabía además, por haber leído demasiado, de la existencia de un monstruo (es que sin monstruo, vaya birria de aventura): la hidra, con sus siete cabezas, me hacia guiños —y cuántos— desde lo más hondo. Seguí chapoteando con los brazos, quise remarme hasta llegar a un lugar a salvo, pero allí estaba la bestia hiperbólica, emergiendo con violencia, mirándome a la vez con soberbia y lascivia, despreciando mi ingenio, dispuesta a que jamás pudiera entregar esas, malditas otra vez, cincuenta páginas. Pueden suponer que, a pesar de mis plegarias a dioses y héreoes, Hércules no llegó a tiempo de rescatarme (eso solo pasa en los cuentos, vaya gracia) y que fui yo solita la que, después de haber fortalecido las manos y los bíceps a fuerza de resistirme a una muerte de ahogada, estrangulé a la hidra sus siete cabezas, que enredadas por mi cuerpo me mordieron las amarras y me dejaron libre para regresar a nado hasta la orilla.

Entonces sucedió la maravilla: en el mismo cuarto de baño comprendí, nada más verlo, que era allí donde los héroes de verdad vencen a los monstruos. Me secó, me limpió el barro, me quitó los zapatos y me preparó un jarabe con sabor a manzanilla. “Este charco me suena”… y me quedé dormida y arropada. Yo sé que era Hércules, ya saben, siempre con lo suyo, trabajando…

Por fin, entregué los folios todavía un poco húmedos en el plazo convenido: “Aquí está todo… Sí, ya me encuentro mejor de lo del lago, supongo que habrán tenido noticia de ello, claro…”. Y me marché, todavía cojeando y con la marca en un muslo de la dentellada de un monstruo imaginario.

Después de aquello, andaba siempre descalza y no soportaba el agua ni siquiera en el chorrito del bidé… Hércules se quedó un tiempo en casa, a pesar de que tenía otros trabajos y otros planes, pero un héroe sabio siempre sabe que si una mujer sobrevive a una primavera de lluvia interminable, ay, ese año no se muere. Ya lo ven, me voy recuperando lentamente (que levante la mano quien haya vencido a una hidra…), porque una hipérbole no es más que una exageración, pero digo que ocurrió y que yo vengo de allí.


(Para Hércules, que además trabaja en casa aunque llegue muy cansado…)

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Continuidad de los charcos I


5 de Junio de 2008

(Para Gerardo, que me ayuda contra viento y biografía…)

Sor Asunción era inquisitiva, maniática, exigente, menuda…, es decir, una piedra en el camino para mí, que a los doce tenía también mis manías, preguntaba más de la cuenta y dejé de crecer a lo alto. Sor Asunción nos daba clase de Ciencias Naturales, de Francés y de Matemáticas. No recuerdo casi nada de lo que aprendí: la contractura educativa a la que nos sometía solo me permitió memorizar algunas canciones en francés —es que tuve la ilusión de que cantaba bien— y el “je vous salue, Marie” de pe a pa. Las instrucciones en clase de Sor Asunción eran pocas y claras: primer punto: en la mesa se alinean cuaderno, libro, bolis y lápiz, regla y goma; segundo, las manos sobre la mesa y en ningún caso sujetando con la palma o el puño la cara, que, decía, era imposible que se nos cayera; tercer punto exterminador: necesitábamos dos cuadernos para cada asignatura, uno “de limpio” y otro “de sucio” o “de chapucillas”, como ella los solía llamar. O sea, que había que llevar al día ¡seis cuadernos!

Tampoco me acuerdo —aunque me la imagino— qué tipo de vida social o ¿espiritual? ocupaba mi tiempo en aquel año ni por qué yo era incapaz de tener todo pasado al cuaderno de limpio, como las demás niñas, cuando Sor Asunción sentenciaba la fecha de entrega. Previendo que cualquier día me iba a llevar un disgusto, una condena o un cero, aprendí a falsificar su firma y su caligrafía, así como aquellos garabatos extraños que, al parecer, querían decir “visto bueno”. La verdad es que llegué a ser una experta, pero se precisa madera de mafiosa o de contrabandista para llevar a la práctica un plan de este tipo, y yo por aquel entonces era todavía muy joven…

En el día señalado, se recogían los cuadernos por estricto orden de lista. Juro que me había dedicado todo el fin de semana a pasar a limpio el trabajo de “la vaca”, pero el domingo, por más que yo escribiera, por más cavidades del estómago del bovino que dibujara con primor, me faltaban siempre hojas y nunca llegaba al final. Escuché mi nombre y respondí con decisión: “Hermana, es que se me ha olvidado el cuaderno en casa, pero… ¡lo tengo hecho!” Sor Asunción me miró con sus ojos pequeños e inteligentes, y seguro que también me olió la mentira (no podía ser de otra forma con aquella nariz, que ni la de del ciego del pobre Lázaro). “Pues muy bien, señorita, como vives muy cerca, te vas a casa y lo traes antes de que acabe la clase”. En aquel momento deseé con todo mi corazón, y con todas las cavidades que a lo mejor también albergaba mi aparato digestivo, que el mundo estallara, que una nave extraterrestre invadiera el planeta Tierra, que pudiera desintegrarme sin más, sin dar explicaciones…

Gemma, piensa, ante un problema difícil, una brillante solución. Había llovido mucho, y debajo de mi casa, en la zona reservada para que jugasen los niños, se había formado un charco inmenso, casi un lago. Claro que tuve que volver a casa, pero de camino me encontré con el milagro del agua, con esa oportunidad de profundidad infinita, con una barandilla de casi un metro que rodeaba el arenero y, sí, como lo están leyendo, me subí, con mi falda de cuadros y mi gabardina blanca, di tres pasos demostrando que hasta en las más altas dificultades aún mantenía el equilibrio y la dignidad y ¡me arrojé al charco con todas mis fuerzas y mi desesperación! Por supuesto que no pensaba en morir ahogada —aunque aún no me sentía atraída por los trucos literarios ni conocía sus nombres, sabía perfectamente que la profundidad era solo una exageración—, pero sí se me ocurrió que algunas buenas magulladuras, el uniforme lleno de barro o una pierna rota podían ser coartadas perfectas para mi particular delito: maldita vaca, malditos cuadernos de limpio, que al final presentaba tan sobados y sucios como los mismísimos de sucio…

No llegué a casa sino que, hecha un cristo, regresé al colegio llorosa, desbaratada, como si acabara de participar en la batalla de Trafalgar… “Mire, hermana —hablaba con la portera—, por culpa de Sor Asunción, que me ha mandado ir a casa por el cuaderno… Y yo no sé cómo, me ha fallado una pierna o un pie y me he caído a un charco, y mire, mire cómo traigo la rodilla, que encima que ya tenía una costra… se me ha arrancado y ahora me sale sangre… Y mire toda la falda y los zapatos llenos de barro, y ahora mire, hermana, mire”… Seguro que lloré, y Sor Mari Cruz, que parecía una ogra, pero tenía su corazón —de ogra—, se compadeció de mí: me lavó las heridas, me echó mercromina, y me preparó una manzanilla para que me pusiera buena. Dios, otra dificultad se añadía a mi breve biografía, porque a mí ese brevaje me parecía as-que-ro-so, vomitivo, me daban náuseas solo olerlo… Así es que en un descuido de la sor, me acerqué a una maceta y y regué el poto con la infusión.

Sonó el timbre, se acabó por fin la jornada escolar, Sor Mari Cruz me aseguró que le contaría a Sor Asunción el desgraciado accidente, y yo me volví a a mi casa a cien por hora, ignorando valla y charco, a terminar de pasar el trabajo de la vaca (qué manía con algunos temas: la vaca, el helecho, la rana…). Lo acabé, lo presenté y probablemente saqué una nota mediocre: Sor Asunción y yo nunca nos entendimos. Bueno, era mejor que un cero: “Lo ve, hermana, cómo lo tenía hecho… y ya sabe lo que me pasó”…

Si veinte años no es nada, veintitrés tampoco lo deben de ser: ocurrió que una mañana, puesto que tenía que terminar un trabajo para mi curso de doctorado (qué manía de escribir lo que otros ya han escrito antes, de pasar a limpio una y otra vez…) me levanté temprano, apremiada por las fechas de entrega, y casi fuera de razón, me fallaron las piernas y me caí en un gran charco de aguas profundas que había justo debajo de mi casa… Tengo que reconocer, antes de seguir adelante, que ahora sí sé nombrar, definir y hasta ejemplificar más de una hipérbole.

Continuará

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De mis trece enfermedades


30 de Mayo de 2008

Ahora comprendan por qué escribo tantas tonterías, y a veces tan a menudo. Eso sí, el pesimismo y la automedicación me están herniando el aliento poético. Bueno, ya tengo de nuevo cita para el cirujano…

Blogging - It’s Good for You
The therapeutic value of blogging becomes a focus of study
By Jessica Wapner – Scientific American

Self-medication may be the reason the blogosphere has taken off. Scientists (and writers) have long known about the therapeutic benefits of writing about personal experiences, thoughts and feelings. But besides serving as a stress-coping mechanism, expressive writing produces many physiological benefits. Research shows that it improves memory and sleep, boosts immune cell activity and reduces viral load in AIDS patients, and even speeds healing after surgery. A study in the February issue of the Oncologist reports that cancer patients who engaged in expressive writing just before treatment felt markedly better, mentally and physically, as compared with patients who did not.

Scientists now hope to explore the neurological underpinnings at play, especially considering the explosion of blogs. According to Alice Flaherty, a neuroscientist at Harvard University and Massachusetts General Hospital, the placebo theory of suffering is one window through which to view blogging. As social creatures, humans have a range of pain-related behaviors, such as complaining, which acts as a “placebo for getting satisfied,” Flaherty says. Blogging about stressful experiences might work similarly.

Flaherty, who studies conditions such as hypergraphia (an uncontrollable urge to write) and writer’s block, also looks to disease models to explain the drive behind this mode of communication. For example, people with mania often talk too much. “We believe something in the brain’s limbic system is boosting their desire to communicate,” Flaherty explains. Located mainly in the midbrain, the limbic system controls our drives, whether they are related to food, sex, appetite, or problem solving. “You know that drives are involved [in blogging] because a lot of people do it compulsively,” Flaherty notes. Also, blogging might trigger dopamine release, similar to stimulants like music, running and looking at art.

The frontal and temporal lobes, which govern speech—no dedicated writing center is hardwired in the brain—may also figure in. For example, lesions in Wernicke’s area, located in the left temporal lobe, result in excessive speech and loss of language comprehension. People with Wernicke’s aphasia speak in gibberish and often write constantly. In light of these traits, Flaherty speculates that some activity in this area could foster the urge to blog.

Scientists’ understanding about the neurobiology underlying therapeutic writing must remain speculative for now. Attempts to image the brain before and after writing have yielded minimal information because the active regions are located so deep inside. Recent functional magnetic resonance imaging studies have shown that the brain lights up differently before, during and after writing, notes James Pennebaker, a psychologist at the University of Texas at Austin. But Pennebaker and others remain skeptical about the value of such images because they are hard to duplicate and quantify.

Most likely, writing activates a cluster of neurological pathways, and several researchers are committed to uncovering them. At the University of Arizona, psychologist and neuroscientist Richard Lane hopes to make brain-imaging techniques more relevant by using those techniques to study the neuroanatomy of emotions and their expressions. Nancy Morgan, lead author of the Oncologist study, is looking to conduct larger community-based and clinical trials of expressive writing. And Pennebaker is continuing to investigate the link between expressive writing and biological changes, such as improved sleep, that are integral to health. “I think the sleep angle is one of the more promising ones,” he says.

Whatever the underlying causes may be, people coping with cancer diagnoses and other serious conditions are increasingly seeking—and finding—solace in the blogosphere. “Blogging undoubtedly affords similar benefits” to expressive writing, says Morgan, who wants to incorporate writing programs into supportive care for cancer patients.

Some hospitals have started hosting patient-authored blogs on their Web sites as clinicians begin to recognize the therapeutic value. Unlike a bedside journal, blogging offers the added benefit of receptive readers in similar situations, Morgan explains: “Individuals are connecting to one another and witnessing each other’s expressions—the basis for forming a community.”

Y salió de aquí.

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febrero (4)


10 de Febrero de 2008

Tuvo que ser en febrero, porque algo me faltaba y hacía frío. Me escapé de la razón y de la artimética, y me planté con las piernas separadas bajo tu ventana… Escarbé en la jardinera para encontrar alguna piedrecita… Siempre, siempre se encuentra algo con que matar, claro…. Me compuse artillera (creo que improvisé un escorzo de muslos) y empecé a lanzarte mensajes de amor, mensajes de amor desesperado, como deben ser las cartas más nocturnas que las doce, más dolientes que las caídas sobre el mineral muerto…. Tú tardaste en responder (estarías tan bien arropado, haría tanto frío) y yo me iba quedando sin sangre… caliente. Me los devolviste, sí, todos, con tu firma, no había duda de que eran tus letras: todas las piedras dieron desde tu cristal en mi frente, siguiendo el ritmo de tu adverbio: no - no - no - no… Qué gran músico fuiste siempre, amor, cuánto te quise cantando…
Segurísimo que era febrero porque siempre que hiela se me erizan las heridas. Hace muchos febreros, y es hoy…

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Desavenencias divinas


23 de Septiembre de 2007

No sé por qué no les gusto a los dioses. Nunca han comprendido mis lágrimas, jamás han aceptado mis flores y en ninguna ocasión me han reservado sitio en un rincón dulce de su diestra. A los dioses no les pongo, no les hago gracia.
Quisiera saber si es mi tamaño, el tono de mi voz o el dibujo borroso de las cejas… eso que tanto les molesta, que les irrita, eso que no les atrae ni siquiera cuando algunas noches me deshago en plegarias de un amor tan humano.
Reconozco que me es harto difícil aceptar sin más su ignorancia de mí… En las tardes de verano, con la esperanza aún por recoger, les guardé poemas de tinta verde; cuando llegó el otoño me mantuve erguida y les ofrecí ser buena, no dejar nada en el plato, tenerlo todo limpio y a tiempo… Pues no, no les gusto a los dioses.
Sin embargo, yo sigo insistiendo en averiguar si el problema reside en mi modo tosco de entornar los ojos, en la rebeldía de mi rudo pelo, en la escasa elegancia de mis pasos o en este ritmo antiguo y ternario que me machaca el aliento poético. A veces pienso que no tengo de qué preocuparme, que únicamente pasa que los dioses no sienten, que son in-sen-si-bles, que no se enamoran, que se acuestan muy solos todos los días del año. Pero ni soy tan tonta ni a ellos les da por esconderse: a menudo los he visto bailar abrazados a mujeres hermosas o besarles la espalda a unos hombres morenos.
Ya está, concluyamos con que yo no les gusto a los dioses… De muerte mortal y de nacimiento, no se me dan bien, no me tienen hoy ni pizca de gana.

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De plata


4 de Julio de 2007

Siempre bajaba los escalones de dos en dos, lo que requería concentración y técnica: los pies no pueden ir de frente, sino casi paralelos al borde de la escalera, y los saltos han de ser ágiles, de modo que el impulso del primero derroche fuerza para el segundo… y así los ocho pisos. (Agradecimientos al maestro Cortázar y blablabla).

He sido siempre más rápida que el ascensor, al menos al bajar. No me interesó competir en la subida porque sabía de antemano el resultado… Y es que yo había llegado al mundo para ganar, o a lo mejor para ser rescatada por una nave espacial que me reclamase en breve y que algunas mañanas me recordaba que yo no era de esta galaxia.

Sin embargo, subir… ¡subir!… Lo de la otra escalera, la escalera monumental, la escalera más importante, era una historia completamente distinta. Cada año contaba cuánto me quedaba a mí para ponerme frente a ella, agarrarme el vestido blanquísimo con las puntas de los dedos y subir con gracia y ante la mirada envidiosa de las niñas a las que todavía les faltaba un tiempo para hacer la comunión. Ese día iba a subir los escalones de uno en uno, ese día no pensaba competir con el ascensor… Tampoco debía subir demasiado lento sino con ritmo de princesa que abandona el baile, o de princesa que regresa de pasear a caballo por el monte, o de princesa que vuelve de cortar flores del jardín, o de princesa buena convertida a la exquisitez de bajar o subir con calma contenida una escalera.

No sé a quién no convencí aquella mañana, porque nadie ha vuelto a tomarme medidas para un traje de princesa.

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