(Para Gerardo, que me ayuda contra viento y biografía…)
Sor Asunción era inquisitiva, maniática, exigente, menuda…, es decir, una piedra en el camino para mí, que a los doce tenía también mis manías, preguntaba más de la cuenta y dejé de crecer a lo alto. Sor Asunción nos daba clase de Ciencias Naturales, de Francés y de Matemáticas. No recuerdo casi nada de lo que aprendí: la contractura educativa a la que nos sometía solo me permitió memorizar algunas canciones en francés —es que tuve la ilusión de que cantaba bien— y el “je vous salue, Marie” de pe a pa. Las instrucciones en clase de Sor Asunción eran pocas y claras: primer punto: en la mesa se alinean cuaderno, libro, bolis y lápiz, regla y goma; segundo, las manos sobre la mesa y en ningún caso sujetando con la palma o el puño la cara, que, decía, era imposible que se nos cayera; tercer punto exterminador: necesitábamos dos cuadernos para cada asignatura, uno “de limpio” y otro “de sucio” o “de chapucillas”, como ella los solía llamar. O sea, que había que llevar al día ¡seis cuadernos!
Tampoco me acuerdo —aunque me la imagino— qué tipo de vida social o ¿espiritual? ocupaba mi tiempo en aquel año ni por qué yo era incapaz de tener todo pasado al cuaderno de limpio, como las demás niñas, cuando Sor Asunción sentenciaba la fecha de entrega. Previendo que cualquier día me iba a llevar un disgusto, una condena o un cero, aprendí a falsificar su firma y su caligrafía, así como aquellos garabatos extraños que, al parecer, querían decir “visto bueno”. La verdad es que llegué a ser una experta, pero se precisa madera de mafiosa o de contrabandista para llevar a la práctica un plan de este tipo, y yo por aquel entonces era todavía muy joven…
En el día señalado, se recogían los cuadernos por estricto orden de lista. Juro que me había dedicado todo el fin de semana a pasar a limpio el trabajo de “la vaca”, pero el domingo, por más que yo escribiera, por más cavidades del estómago del bovino que dibujara con primor, me faltaban siempre hojas y nunca llegaba al final. Escuché mi nombre y respondí con decisión: “Hermana, es que se me ha olvidado el cuaderno en casa, pero… ¡lo tengo hecho!” Sor Asunción me miró con sus ojos pequeños e inteligentes, y seguro que también me olió la mentira (no podía ser de otra forma con aquella nariz, que ni la de del ciego del pobre Lázaro). “Pues muy bien, señorita, como vives muy cerca, te vas a casa y lo traes antes de que acabe la clase”. En aquel momento deseé con todo mi corazón, y con todas las cavidades que a lo mejor también albergaba mi aparato digestivo, que el mundo estallara, que una nave extraterrestre invadiera el planeta Tierra, que pudiera desintegrarme sin más, sin dar explicaciones…
Gemma, piensa, ante un problema difícil, una brillante solución. Había llovido mucho, y debajo de mi casa, en la zona reservada para que jugasen los niños, se había formado un charco inmenso, casi un lago. Claro que tuve que volver a casa, pero de camino me encontré con el milagro del agua, con esa oportunidad de profundidad infinita, con una barandilla de casi un metro que rodeaba el arenero y, sí, como lo están leyendo, me subí, con mi falda de cuadros y mi gabardina blanca, di tres pasos demostrando que hasta en las más altas dificultades aún mantenía el equilibrio y la dignidad y ¡me arrojé al charco con todas mis fuerzas y mi desesperación! Por supuesto que no pensaba en morir ahogada —aunque aún no me sentía atraída por los trucos literarios ni conocía sus nombres, sabía perfectamente que la profundidad era solo una exageración—, pero sí se me ocurrió que algunas buenas magulladuras, el uniforme lleno de barro o una pierna rota podían ser coartadas perfectas para mi particular delito: maldita vaca, malditos cuadernos de limpio, que al final presentaba tan sobados y sucios como los mismísimos de sucio…
No llegué a casa sino que, hecha un cristo, regresé al colegio llorosa, desbaratada, como si acabara de participar en la batalla de Trafalgar… “Mire, hermana —hablaba con la portera—, por culpa de Sor Asunción, que me ha mandado ir a casa por el cuaderno… Y yo no sé cómo, me ha fallado una pierna o un pie y me he caído a un charco, y mire, mire cómo traigo la rodilla, que encima que ya tenía una costra… se me ha arrancado y ahora me sale sangre… Y mire toda la falda y los zapatos llenos de barro, y ahora mire, hermana, mire”… Seguro que lloré, y Sor Mari Cruz, que parecía una ogra, pero tenía su corazón —de ogra—, se compadeció de mí: me lavó las heridas, me echó mercromina, y me preparó una manzanilla para que me pusiera buena. Dios, otra dificultad se añadía a mi breve biografía, porque a mí ese brevaje me parecía as-que-ro-so, vomitivo, me daban náuseas solo olerlo… Así es que en un descuido de la sor, me acerqué a una maceta y y regué el poto con la infusión.
Sonó el timbre, se acabó por fin la jornada escolar, Sor Mari Cruz me aseguró que le contaría a Sor Asunción el desgraciado accidente, y yo me volví a a mi casa a cien por hora, ignorando valla y charco, a terminar de pasar el trabajo de la vaca (qué manía con algunos temas: la vaca, el helecho, la rana…). Lo acabé, lo presenté y probablemente saqué una nota mediocre: Sor Asunción y yo nunca nos entendimos. Bueno, era mejor que un cero: “Lo ve, hermana, cómo lo tenía hecho… y ya sabe lo que me pasó”…
Si veinte años no es nada, veintitrés tampoco lo deben de ser: ocurrió que una mañana, puesto que tenía que terminar un trabajo para mi curso de doctorado (qué manía de escribir lo que otros ya han escrito antes, de pasar a limpio una y otra vez…) me levanté temprano, apremiada por las fechas de entrega, y casi fuera de razón, me fallaron las piernas y me caí en un gran charco de aguas profundas que había justo debajo de mi casa… Tengo que reconocer, antes de seguir adelante, que ahora sí sé nombrar, definir y hasta ejemplificar más de una hipérbole.
Continuará