Archivo de noviembre de 2010

treinta – más galope


16 de noviembre de 2010

al paso al paso al paso
me vienes con el ritmo del abrazo

al trote al trote al trote
resuenan consonantes de tu nombre

¡galope y más galope!
mi niño se abre paso entre las flores

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veintinueve – galope


11 de noviembre de 2010

Tuve que dejar de ir a aquel gimnasio. Tenía buena pinta porque se trataba de una cadena especializada en deporte para mujeres, sobre todo para mujeres con poco tiempo, y ahora creo también que con pocas ganas de hacer ejercicio. O sea, lo que yo buscaba: me garantizaron que en media hora conseguiría tonificar todos mis músculos a ritmo de monitor y música cañera, y que con diez minutos más de estiramientos estaría lista. ¿Tres veces en semana me parecían bien? Pues sí, y sin horarios establecidos, porque una llega y se inserta en la rueda por donde vaya la comparsa… Como ocurre con la vida, como pasa cuando uno nace, que no viene con la idea del turno y se lanza al pecho, también redondo, con ansia.

No sé si llegué a aguantar los seis meses a los que me comprometí, pero permanecí el tiempo suficiente como para experimentar de sobra el sistema. Reconozco que me hizo gracia las primeras semanas puesto que era realmente rápido y cómodo. Todas éramos mujeres y nos disponíamos en un círculo en el que el monitor ejercía de circuncentro: un minuto de algo parecido al aerobic sobre tabla de step, señal auditiva y cambio a un aparato para trabajar el músculo de turno; otro ratín de meneo dirigido y al siguiente aparato… Y así hasta completar una vuelta. En cada rueda se tardaba algo más de diez minutos, y después, una nueva rotación, y otra más, y control de pulsaciones y de nuevo al principio con más circuncentro y pitidos.

Extrapolé en aquel tiempo, me reconvertí en poeta, incoporé a mi tono muscular los versos de Machado con los cangilones y la triste noria y la mula monótona. Sentí también cómo me sellaban los párpados, porque lo importante allí no eran los atardeceres o la sorpresa del camino (no iba a ningún lugar sin viajero) sino el da capo de un canon perversamente orquestado, la rueda, el retorno eterno al mismo lugar… Y con esta tendencia mía a extrapolar y a convertirme en deseo mientras no atiendo a un profesor, me sentí niña yuntera, humillada por el tiempo y por las estaciones, por los ciclos o por las espirales milenarias. La vida me traiciona, pensé, esto no tiene fin y solo la muerte podrá sustraerme de este tormento. Qué mula, qué vueltas, qué otra vez primavera…

Ha ocurrido. Hace tiempo que no voy a ese gimnasio y que practico otras más interesantes disciplinas corporales. Está sucediendo: este curso escolar no termina en junio ni ha comenzado en septiembre. Tenéis que creerme si os digo que la muerte se ha deshecho en abrazos después de contemplar mi perfil redondo, si os aseguro que estoy viendo cómo la curva del camino se precipita con calma hacia la aventura libre de fecha y de calendario.

Es el Pilates, puede… Me miro en el espejo y, ya juntos y ahora vivos, los dos en tres galopamos.

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