1.º ESO – 25 de noviembre de 1985
25 de noviembre de 2009
Sin otra consigna y sin oportunidad de redención, nos mandaron en el colegio escribir un poema sobre la Navidad con el que participaríamos en un concurso. Me habían programado para multiplicar fracciones, para distinguir el complemento directo del indirecto, para copiar enunciados con distinguida caligrafía sin saltarme un término… Evidentemente, a los doce no todo fue tan sencillo (¿las emes como emes o como úes?), aunque fui capaz de resistir de pie tormentas tropicales y encrucijadas. Todo tenía su lugar menos un poema. De tema navideño.
Se lo conté a mi hermana, que ya iba al instituto y que por favor le pidió a un amigo que escribía poesía y que no estaba obligado a emborronarse las fiestas. Ni gané el premio ni recuerdo un solo verso. No me gustaba la poesía, pero sí el chico alto y moreno que todas las tardes de ese otoño acunaba en los brazos un libro viejo de poemas.
Ya se sabe que un día corrió más que mi ansia, y me lo encontré esperándome en la puerta de casa para decirme adiós como solo sabían hacerlo los poetas. Él llegó antes por otro camino; yo no tuve más remedio que matricularme en Filología.



