Es que el calor me trae soledad y vergüenza sin origen ni destino; es que el calor me desorienta, el exceso de luz me acorta, me evapora la presencia… Es que no tuve facilidad, desde siempre, para encontrar banco o plaza o juego después de cenar, por mucho que en el pueblo se empeñara mi abuela en buscarme amistades y primas llegadas también a golpe de calor. Es que a mí no se me daban ni los reencuentros ni las sorpresas, y por eso me quedaba en casa haciendo copias, custodiada por impecables renglones, tan seguros, tan correctos, tan lejos.
Pero puede ser que en algún momento tuviera el pelo más largo y más claro y reuniera el valor para llamar a los timbres y para aguantar la siesta esperando el sonido del mío. Puede ser que hubiera algún verano en el que yo fuera una de las chicas de un banco o de una plaza y fuera capaz de cruzarme con cualquier hermano de los terribles Rubios sin desvanecerme. Incluso, y no me extraña, podría haber llegado a sentir que cabía la posibilidad de que fuera enamorando incluso al enemigo…
Sin quererlo, este calor seco me recuerda que un día se me resbaló la falda justo en el momento en el que les habría perdido el miedo a la banda de los Rubios y bajaba la cuesta hacia la fuente como una locomotora para resolver probablemente por las malas no sé qué asunto. Era una falda verde tableada, que se desabrochó sola, se posó en la arena y me dejó las bragas al sol y un círculo infinito de vergüenza madura para todos los veranos.
Una guerrera en bragas. Ya no tengo enemigos ni corro a la fuente… Qué prenda otra vez, qué lata.