Ojo Pipa
Yo quería un triciclo, pero entre todos me convencieron de que era mucho mejor esperar un poco y ahorrar para una bici, que corría más y ya la conducían los mayores. Vaya gracia, porque yo todavía era pequeña y lo que me hacía falta era el triciclo de la tienda “Los Plásticos”. Fue en vano, porque en mi familia nunca hubo tradición de triciclos, así es que se terminaron los ruegos y los lloriqueos.
No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi madre (creo que mi padre no tuvo nada que ver en el asunto, lo mismo prácticamente que en mi nacimiento…) juntó ¿cinco mil pesetas? y me compró con muchísima ilusión, y supongo que esfuerzo, una Rabasa Derby verde esmeralda, robusta y ¡preciosa! Pero, ay, no fue todo alegría, porque a ver quién era el guapo que se atrevía a montar sin ruedecillas… Claro, si es que yo tendría que haber pasado antes por el triciclo, que saltarse fases luego trae sus consecuencias… Que no, que no sin mis ruedecillas… Que la niña que parecía tan valiente se moría de miedo imaginándose con solamente dos ruedas enormes que correrían tanto que la estrellarían y tendría que morirse aun siendo todavía un poco pequeña…
Sabía que algún día tendría que aprender, así es que en casa intentaba visualizarme pedaleando con gracia y seguridad (la bici la aparcábamos en la entrada de nuestro piso): me sentaba en el sillín y sentía cómo el viento agitaba la melena que aún no tenía y cómo la gente me saludaba… Yo les devolvía el saludo ¡y conducía solo con una mano! Qué ensayos con tan poco aprovechamiento.
Entonces de nuevo intervino mi madre, que si tiene algo claro no hay quien la pare. Me bajó una tarde a la calle con la bici, y me dijo muy seria y con un tono amenazador que empleaba no muy a menudo: “Hasta que no aprendas no subimos a casa”. Funcionó su pedagogía: aprendí. Jamás habría pensado que era tan fácil, sobre todo ir en línea recta porque lo de torcer el manillar a izquierda o a derecha, o lo de apretar los frenos antes de chocarme contra la pared tuvo que aplazarse para la segunda sesión.
Por lo tanto, el día que me topé con Ojo Pipa en la “Tercera Arena” (yo vivía en la primera, por lo que me encontraba en territorio hostil) ya sabía montar en bici. Ojo Pipa, que solo tendría ocho años, era temido por todos los niños menores de nueve, y más por los que procedíamos de otras “arenas”. Mal asunto, Gemma, esto sí que era un problema y no lo de las ruedecillas… Como pudo, Ojo Pipa observó mi bici (ahora me río, claro, de ese ojillo que no podía abrir del todo, ¡pobre!), se plantó en medio de la acera por donde yo circulaba y me sentenció: “Puedes elegir: o te quito la bici, o me enseñas las bragas o te doy un coscorrón contra esa muro de ladrillo”.
Y yo elegí…





5 de Octubre de 2008 a las 10:26 pm
Desde niño desarrollé un alto sentido de la justicia. Puedes estar segura que de haber estado por allí te hubiera defendido como hubiera podido de “Ojo Puta”, digo, “Ojo Pipa”. ¡Y no veas las leches que me pegué yo en la bici! También me salté la fase triciclo y aprendí solo y a pelo. Hubo caídas variadas: al suelo, a los rosales, a los cactus, contra la pared, contra árboles, etc. Gracias por esta prosa autobiográfica. Necesito estar mudo en mi parque un tiempo, lo que no me impide hablar en el de otros. Así sabrán que estoy bien. Gracias también por el apoyo y el cariño y un abrazo muy fuerte.
6 de Octubre de 2008 a las 10:05 am
Jejeje, ¡cuántos recuerdos infantiles has despertado en mí! Yo “besé” más de una pared… y más de un árbol.
Un abrazo
7 de Octubre de 2008 a las 5:25 pm
Gracias, Ricardo, por esta visita… No sé si esto es un parque, pero te invito a un café, a una infusión a un vinito… (Está claro, ¡esto es una taberna!)
Pobre Ojo Pipa, no lo he vuelto a ver… No sé qué tenía en un párpado… A lo mejor por eso, por no poder mirar bien, me paró aquel día con mi bici… Se lo he perdonado hace mucho tiempo…
7 de Octubre de 2008 a las 5:26 pm
Esteruca, cuántos encuentros biográficos, ¿verdad? Ese es el misterio: tanto y tan poco…