Primera persona del cuerpo imperfecto
24 de Octubre de 2008
Cuando tenga dos brazos
preparé el café
limpiaré los cristales
colocaré los libros
tiraré los papeles
y abrazaré el abrazo
del cuerpo que me inventa mis dos manos…

24 de Octubre de 2008
Cuando tenga dos brazos
preparé el café
limpiaré los cristales
colocaré los libros
tiraré los papeles
y abrazaré el abrazo
del cuerpo que me inventa mis dos manos…

19 de Octubre de 2008
Aquí, en la región de todos los muertos
se extinguieron para siempre los sábados,
los domingos, las fiestas, el final
de la semana. Los muertos remotos
escuchan la sentencia de los lunes
y atentos se arrojan al martes turbio:
¡atravesar la gran imprecisión
hasta un miércoles de semilla suave!
Los muertos de toda la vida nacen
al jueves entusiastas de recuerdos
y se sueñan con un viernes de muerte
de antaño… Con el vino y las caricias
de un sábado certero…
Porque en la región de todos los muertos
los fines de semana se evaporan
y el viernes besa al lunes en la boca
en difunta y baldía cuenta atrás.
Y tristes y solos se quedan muertos…

10 de Octubre de 2008
Sin embargo
a mí me crecen
las canas
los aullidos
las citas
la ropa de invierno
los papeles
la cintura…
y las ganas de morirme
ya sin interés
como a fondo perdido…

7 de Octubre de 2008
Y yo elegí… que me agarrara la nuca y me golpeara con toda su fuerza contra la pared, la misma que me había recibido a punta de ladrillo cuando aún solo sabía conducir la bici en línea recta. Me dolió mucho, me subió un pinchazo hasta las sienes (digo yo, de eso ya no me acuerdo…), me quedé muda, con la dignidad pegada en el cemento, creo que orgullosa de haber salvado mi patrimonio…
Ahora dicen que padezco de algo extraño y nervioso, que puede que sea herencia de mis tías las que van a todos los entierros, o que a lo mejor se relaciona con la meningitis que tuve de pequeña o con que mis padres fueran primos segundos… Qué tontería, fue el golpe y nada más. Aprendí la lección: tenía que haberle enseñado las bragas.

5 de Octubre de 2008
Yo quería un triciclo, pero entre todos me convencieron de que era mucho mejor esperar un poco y ahorrar para una bici, que corría más y ya la conducían los mayores. Vaya gracia, porque yo todavía era pequeña y lo que me hacía falta era el triciclo de la tienda “Los Plásticos”. Fue en vano, porque en mi familia nunca hubo tradición de triciclos, así es que se terminaron los ruegos y los lloriqueos.
No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi madre (creo que mi padre no tuvo nada que ver en el asunto, lo mismo prácticamente que en mi nacimiento…) juntó ¿cinco mil pesetas? y me compró con muchísima ilusión, y supongo que esfuerzo, una Rabasa Derby verde esmeralda, robusta y ¡preciosa! Pero, ay, no fue todo alegría, porque a ver quién era el guapo que se atrevía a montar sin ruedecillas… Claro, si es que yo tendría que haber pasado antes por el triciclo, que saltarse fases luego trae sus consecuencias… Que no, que no sin mis ruedecillas… Que la niña que parecía tan valiente se moría de miedo imaginándose con solamente dos ruedas enormes que correrían tanto que la estrellarían y tendría que morirse aun siendo todavía un poco pequeña…
Sabía que algún día tendría que aprender, así es que en casa intentaba visualizarme pedaleando con gracia y seguridad (la bici la aparcábamos en la entrada de nuestro piso): me sentaba en el sillín y sentía cómo el viento agitaba la melena que aún no tenía y cómo la gente me saludaba… Yo les devolvía el saludo ¡y conducía solo con una mano! Qué ensayos con tan poco aprovechamiento.
Entonces de nuevo intervino mi madre, que si tiene algo claro no hay quien la pare. Me bajó una tarde a la calle con la bici, y me dijo muy seria y con un tono amenazador que empleaba no muy a menudo: “Hasta que no aprendas no subimos a casa”. Funcionó su pedagogía: aprendí. Jamás habría pensado que era tan fácil, sobre todo ir en línea recta porque lo de torcer el manillar a izquierda o a derecha, o lo de apretar los frenos antes de chocarme contra la pared tuvo que aplazarse para la segunda sesión.
Por lo tanto, el día que me topé con Ojo Pipa en la “Tercera Arena” (yo vivía en la primera, por lo que me encontraba en territorio hostil) ya sabía montar en bici. Ojo Pipa, que solo tendría ocho años, era temido por todos los niños menores de nueve, y más por los que procedíamos de otras “arenas”. Mal asunto, Gemma, esto sí que era un problema y no lo de las ruedecillas… Como pudo, Ojo Pipa observó mi bici (ahora me río, claro, de ese ojillo que no podía abrir del todo, ¡pobre!), se plantó en medio de la acera por donde yo circulaba y me sentenció: “Puedes elegir: o te quito la bici, o me enseñas las bragas o te doy un coscorrón contra esa muro de ladrillo”.
Y yo elegí…
