Continuidad de los charcos II

Cierto es que previamente a la caída, me había paseado por un cable, presumiendo de funámbula. Arriesgué demasiado mi número y, recién levantada y casi sin vestir, caí sin red al agua. Algunos testigos afirman que me tiré adrede, que no fue más que una de mis estrategias para casos difíciles, es decir, para excusarme aquel día de no entregar a tiempo mi trabajo de doctorado. Y así lo dicen porque afirman haberme oído pedir auxilio a una nave extraterrestre o manifestar a gritos mi deseo de que el planeta estallara o de que yo me desintegrase sin dar más explicaciones. No se ponen de acuerdo, pero los comprendo: un precedente marca toda una vida, qué lástima. Sin embargo, yo creo que tan solo fue un fallo de novata en la colación de los pies. ¿Y qué hacer cuando en un lago cenagoso a un ser humano se le paralizan las extremidades inferiores? ¿Cómo salir de un charco infinito si el nervio ciático te ata los tobillos con un nudo imposible? No lo sé… Procuré llegar a tierra firme moviendo solo los brazos, pero no tenía fuerza suficiente y me desvertebraba; puede que también gritase, pero desde todas las orillas no se entendían mis palabras, e incluso me pareció que un grupo de turistas de lagos misteriosos me mandaban saludos pensando quizá que estaba disfrutando del baño.

Les digo que ocurrió justo debajo de mi casa —o no sé si en el mismo cuarto de baño, cuando iba a ponerme un calcetín, cerca del bidé— y que de nuevo no tuve otro remedio que encontrar una solución dirigida a mi frágil supervivencia. El lago era peligroso y sabía además, por haber leído demasiado, de la existencia de un monstruo (es que sin monstruo, vaya birria de aventura): la hidra, con sus siete cabezas, me hacia guiños —y cuántos— desde lo más hondo. Seguí chapoteando con los brazos, quise remarme hasta llegar a un lugar a salvo, pero allí estaba la bestia hiperbólica, emergiendo con violencia, mirándome a la vez con soberbia y lascivia, despreciando mi ingenio, dispuesta a que jamás pudiera entregar esas, malditas otra vez, cincuenta páginas. Pueden suponer que, a pesar de mis plegarias a dioses y héreoes, Hércules no llegó a tiempo de rescatarme (eso solo pasa en los cuentos, vaya gracia) y que fui yo solita la que, después de haber fortalecido las manos y los bíceps a fuerza de resistirme a una muerte de ahogada, estrangulé a la hidra sus siete cabezas, que enredadas por mi cuerpo me mordieron las amarras y me dejaron libre para regresar a nado hasta la orilla.

Entonces sucedió la maravilla: en el mismo cuarto de baño comprendí, nada más verlo, que era allí donde los héroes de verdad vencen a los monstruos. Me secó, me limpió el barro, me quitó los zapatos y me preparó un jarabe con sabor a manzanilla. “Este charco me suena”… y me quedé dormida y arropada. Yo sé que era Hércules, ya saben, siempre con lo suyo, trabajando…

Por fin, entregué los folios todavía un poco húmedos en el plazo convenido: “Aquí está todo… Sí, ya me encuentro mejor de lo del lago, supongo que habrán tenido noticia de ello, claro…”. Y me marché, todavía cojeando y con la marca en un muslo de la dentellada de un monstruo imaginario.

Después de aquello, andaba siempre descalza y no soportaba el agua ni siquiera en el chorrito del bidé… Hércules se quedó un tiempo en casa, a pesar de que tenía otros trabajos y otros planes, pero un héroe sabio siempre sabe que si una mujer sobrevive a una primavera de lluvia interminable, ay, ese año no se muere. Ya lo ven, me voy recuperando lentamente (que levante la mano quien haya vencido a una hidra…), porque una hipérbole no es más que una exageración, pero digo que ocurrió y que yo vengo de allí.


(Para Hércules, que además trabaja en casa aunque llegue muy cansado…)

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