Archivo de Junio de 2008

Salvada de naufragios y tormentas


27 de Junio de 2008

Mi sinrazón y yo celebramos el primer aniversario de este cuaderno con el primer soneto de mi razón…

Gracias a los que me acompañasteis en el viaje… y perdón por algunas salpicaduras, propias de la travesía… Sobreviví… Ahora ya puedo ahogarme tranquila: ¡escribí un soneto!

A veces llueve mucho y llueve tanto
que tengo que nadarme por la vida,
ganarle al agua turbia la partida,
vivir sin el temblor de este quebranto.

Y a veces llueven piedras, llueve llanto,
y no llego a mi barca, y sometida
al agua que me inunda voy perdida
buscando no sé qué y un no sé cuánto.

Es de noche, te encuentro en un abrazo
y en medio de la Estigia, ciega, a tientas
me ato a tus dos manos, nudo, lazo,

y surco con tus ojos aguas lentas.
La lluvia cesa hoy y alargo el plazo,
salvada de naufragios y tormentas.

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Ausencias VII


19 de Junio de 2008

Mi padre

Mi padre

Mi padre

Mi padre

Mi padre

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Ausencias VI


14 de Junio de 2008

Ver los campos cuajados de amapolas
y a mi padre esperarme en el andén.

Ausencias VI (bis). Versión para Fmesmenota, que me quiere converir en poeta, qué cosa…

Me espera en el andén
llegar con mis heridas, siempre a solas;
Se va el último tren…
Mi padre, rompeolas,
es campo en primavera de amapolas.

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Continuidad de los charcos II


13 de Junio de 2008

Cierto es que previamente a la caída, me había paseado por un cable, presumiendo de funámbula. Arriesgué demasiado mi número y, recién levantada y casi sin vestir, caí sin red al agua. Algunos testigos afirman que me tiré adrede, que no fue más que una de mis estrategias para casos difíciles, es decir, para excusarme aquel día de no entregar a tiempo mi trabajo de doctorado. Y así lo dicen porque afirman haberme oído pedir auxilio a una nave extraterrestre o manifestar a gritos mi deseo de que el planeta estallara o de que yo me desintegrase sin dar más explicaciones. No se ponen de acuerdo, pero los comprendo: un precedente marca toda una vida, qué lástima. Sin embargo, yo creo que tan solo fue un fallo de novata en la colación de los pies. ¿Y qué hacer cuando en un lago cenagoso a un ser humano se le paralizan las extremidades inferiores? ¿Cómo salir de un charco infinito si el nervio ciático te ata los tobillos con un nudo imposible? No lo sé… Procuré llegar a tierra firme moviendo solo los brazos, pero no tenía fuerza suficiente y me desvertebraba; puede que también gritase, pero desde todas las orillas no se entendían mis palabras, e incluso me pareció que un grupo de turistas de lagos misteriosos me mandaban saludos pensando quizá que estaba disfrutando del baño.

Les digo que ocurrió justo debajo de mi casa —o no sé si en el mismo cuarto de baño, cuando iba a ponerme un calcetín, cerca del bidé— y que de nuevo no tuve otro remedio que encontrar una solución dirigida a mi frágil supervivencia. El lago era peligroso y sabía además, por haber leído demasiado, de la existencia de un monstruo (es que sin monstruo, vaya birria de aventura): la hidra, con sus siete cabezas, me hacia guiños —y cuántos— desde lo más hondo. Seguí chapoteando con los brazos, quise remarme hasta llegar a un lugar a salvo, pero allí estaba la bestia hiperbólica, emergiendo con violencia, mirándome a la vez con soberbia y lascivia, despreciando mi ingenio, dispuesta a que jamás pudiera entregar esas, malditas otra vez, cincuenta páginas. Pueden suponer que, a pesar de mis plegarias a dioses y héreoes, Hércules no llegó a tiempo de rescatarme (eso solo pasa en los cuentos, vaya gracia) y que fui yo solita la que, después de haber fortalecido las manos y los bíceps a fuerza de resistirme a una muerte de ahogada, estrangulé a la hidra sus siete cabezas, que enredadas por mi cuerpo me mordieron las amarras y me dejaron libre para regresar a nado hasta la orilla.

Entonces sucedió la maravilla: en el mismo cuarto de baño comprendí, nada más verlo, que era allí donde los héroes de verdad vencen a los monstruos. Me secó, me limpió el barro, me quitó los zapatos y me preparó un jarabe con sabor a manzanilla. “Este charco me suena”… y me quedé dormida y arropada. Yo sé que era Hércules, ya saben, siempre con lo suyo, trabajando…

Por fin, entregué los folios todavía un poco húmedos en el plazo convenido: “Aquí está todo… Sí, ya me encuentro mejor de lo del lago, supongo que habrán tenido noticia de ello, claro…”. Y me marché, todavía cojeando y con la marca en un muslo de la dentellada de un monstruo imaginario.

Después de aquello, andaba siempre descalza y no soportaba el agua ni siquiera en el chorrito del bidé… Hércules se quedó un tiempo en casa, a pesar de que tenía otros trabajos y otros planes, pero un héroe sabio siempre sabe que si una mujer sobrevive a una primavera de lluvia interminable, ay, ese año no se muere. Ya lo ven, me voy recuperando lentamente (que levante la mano quien haya vencido a una hidra…), porque una hipérbole no es más que una exageración, pero digo que ocurrió y que yo vengo de allí.


(Para Hércules, que además trabaja en casa aunque llegue muy cansado…)

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Continuidad de los charcos I


5 de Junio de 2008

(Para Gerardo, que me ayuda contra viento y biografía…)

Sor Asunción era inquisitiva, maniática, exigente, menuda…, es decir, una piedra en el camino para mí, que a los doce tenía también mis manías, preguntaba más de la cuenta y dejé de crecer a lo alto. Sor Asunción nos daba clase de Ciencias Naturales, de Francés y de Matemáticas. No recuerdo casi nada de lo que aprendí: la contractura educativa a la que nos sometía solo me permitió memorizar algunas canciones en francés —es que tuve la ilusión de que cantaba bien— y el “je vous salue, Marie” de pe a pa. Las instrucciones en clase de Sor Asunción eran pocas y claras: primer punto: en la mesa se alinean cuaderno, libro, bolis y lápiz, regla y goma; segundo, las manos sobre la mesa y en ningún caso sujetando con la palma o el puño la cara, que, decía, era imposible que se nos cayera; tercer punto exterminador: necesitábamos dos cuadernos para cada asignatura, uno “de limpio” y otro “de sucio” o “de chapucillas”, como ella los solía llamar. O sea, que había que llevar al día ¡seis cuadernos!

Tampoco me acuerdo —aunque me la imagino— qué tipo de vida social o ¿espiritual? ocupaba mi tiempo en aquel año ni por qué yo era incapaz de tener todo pasado al cuaderno de limpio, como las demás niñas, cuando Sor Asunción sentenciaba la fecha de entrega. Previendo que cualquier día me iba a llevar un disgusto, una condena o un cero, aprendí a falsificar su firma y su caligrafía, así como aquellos garabatos extraños que, al parecer, querían decir “visto bueno”. La verdad es que llegué a ser una experta, pero se precisa madera de mafiosa o de contrabandista para llevar a la práctica un plan de este tipo, y yo por aquel entonces era todavía muy joven…

En el día señalado, se recogían los cuadernos por estricto orden de lista. Juro que me había dedicado todo el fin de semana a pasar a limpio el trabajo de “la vaca”, pero el domingo, por más que yo escribiera, por más cavidades del estómago del bovino que dibujara con primor, me faltaban siempre hojas y nunca llegaba al final. Escuché mi nombre y respondí con decisión: “Hermana, es que se me ha olvidado el cuaderno en casa, pero… ¡lo tengo hecho!” Sor Asunción me miró con sus ojos pequeños e inteligentes, y seguro que también me olió la mentira (no podía ser de otra forma con aquella nariz, que ni la de del ciego del pobre Lázaro). “Pues muy bien, señorita, como vives muy cerca, te vas a casa y lo traes antes de que acabe la clase”. En aquel momento deseé con todo mi corazón, y con todas las cavidades que a lo mejor también albergaba mi aparato digestivo, que el mundo estallara, que una nave extraterrestre invadiera el planeta Tierra, que pudiera desintegrarme sin más, sin dar explicaciones…

Gemma, piensa, ante un problema difícil, una brillante solución. Había llovido mucho, y debajo de mi casa, en la zona reservada para que jugasen los niños, se había formado un charco inmenso, casi un lago. Claro que tuve que volver a casa, pero de camino me encontré con el milagro del agua, con esa oportunidad de profundidad infinita, con una barandilla de casi un metro que rodeaba el arenero y, sí, como lo están leyendo, me subí, con mi falda de cuadros y mi gabardina blanca, di tres pasos demostrando que hasta en las más altas dificultades aún mantenía el equilibrio y la dignidad y ¡me arrojé al charco con todas mis fuerzas y mi desesperación! Por supuesto que no pensaba en morir ahogada —aunque aún no me sentía atraída por los trucos literarios ni conocía sus nombres, sabía perfectamente que la profundidad era solo una exageración—, pero sí se me ocurrió que algunas buenas magulladuras, el uniforme lleno de barro o una pierna rota podían ser coartadas perfectas para mi particular delito: maldita vaca, malditos cuadernos de limpio, que al final presentaba tan sobados y sucios como los mismísimos de sucio…

No llegué a casa sino que, hecha un cristo, regresé al colegio llorosa, desbaratada, como si acabara de participar en la batalla de Trafalgar… “Mire, hermana —hablaba con la portera—, por culpa de Sor Asunción, que me ha mandado ir a casa por el cuaderno… Y yo no sé cómo, me ha fallado una pierna o un pie y me he caído a un charco, y mire, mire cómo traigo la rodilla, que encima que ya tenía una costra… se me ha arrancado y ahora me sale sangre… Y mire toda la falda y los zapatos llenos de barro, y ahora mire, hermana, mire”… Seguro que lloré, y Sor Mari Cruz, que parecía una ogra, pero tenía su corazón —de ogra—, se compadeció de mí: me lavó las heridas, me echó mercromina, y me preparó una manzanilla para que me pusiera buena. Dios, otra dificultad se añadía a mi breve biografía, porque a mí ese brevaje me parecía as-que-ro-so, vomitivo, me daban náuseas solo olerlo… Así es que en un descuido de la sor, me acerqué a una maceta y y regué el poto con la infusión.

Sonó el timbre, se acabó por fin la jornada escolar, Sor Mari Cruz me aseguró que le contaría a Sor Asunción el desgraciado accidente, y yo me volví a a mi casa a cien por hora, ignorando valla y charco, a terminar de pasar el trabajo de la vaca (qué manía con algunos temas: la vaca, el helecho, la rana…). Lo acabé, lo presenté y probablemente saqué una nota mediocre: Sor Asunción y yo nunca nos entendimos. Bueno, era mejor que un cero: “Lo ve, hermana, cómo lo tenía hecho… y ya sabe lo que me pasó”…

Si veinte años no es nada, veintitrés tampoco lo deben de ser: ocurrió que una mañana, puesto que tenía que terminar un trabajo para mi curso de doctorado (qué manía de escribir lo que otros ya han escrito antes, de pasar a limpio una y otra vez…) me levanté temprano, apremiada por las fechas de entrega, y casi fuera de razón, me fallaron las piernas y me caí en un gran charco de aguas profundas que había justo debajo de mi casa… Tengo que reconocer, antes de seguir adelante, que ahora sí sé nombrar, definir y hasta ejemplificar más de una hipérbole.

Continuará

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Ausencias (V)


2 de Junio de 2008

Los he nombrado… Sola
los bautizo en calendarios secretos,
en cuentas inexactas, con error
de cálculo materno. No prosiguen
versos, no contribuyo al poderoso
drama porque sé ya que
la voz de Nicolás
las preguntas de Julia
la gracia de Cristóbal
la inocencia de Juan
los ojos de Pedrito
la belleza de Pepa,
la piel de Guiomar…
nunca van a nacer.

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