Seis
Me quedé sin abuela cuando aún no sabía de sus auténticas utilidades. A mí solo se me ocurría hasta los trece echarle la culpa de la desaparición de mis cuadernos y mis bolígrafos, conseguir que me prerapara un filete y librarme así de la coliflor de mi madre, calentarme los pies con los suyos por la noche y escuchar la historia de cuando empezó la guerra (decidí, bajo su influencia, que el día en que las cosas volvieran a ponerse feas si, por ejemplo, yo estaba barriendo mi casa, continuaría mi tarea con una mezcla de calma y altivez).
Solo necesité un día después de su muerte para saber de verdad para qué servía mi abuela (¡abuelita!): quise convertirme en flor y adornar su pelo blanco y salir con ella de paseo. Entonces solo tenía trece, así es que enseguida me distraje, observé la comitiva y fui soltando pétalos hasta el cementerio.
Me quedé sin flor y sin abuela justo el día en que intuí para qué me podría haber servido. Qué idiota.
Y tengo que añadir que será difícil que la guerra me sorprenda barriendo.





1 de Noviembre de 2007 a las 9:22 am
Cómo saber a los 13 lo que a veces no se sabe ni a los 26, se recuerda a los 39, se hecha de menos a los 52, se mimetiza a los 65 y se transforma a los 78.
1 de Noviembre de 2007 a las 9:46 am
Jo, cómo te entiendo, a mi me pasó parecido….no he tenido la sensación de haber exprimido el “jugo” de mi abuela…..bueno, a lo mejor algún día en no sé que otro lugar podré sacarla de nuevo de paseo y darle besos.