Desavenencias divinas
No sé por qué no les gusto a los dioses. Nunca han comprendido mis lágrimas, jamás han aceptado mis flores y en ninguna ocasión me han reservado sitio en un rincón dulce de su diestra. A los dioses no les pongo, no les hago gracia.
Quisiera saber si es mi tamaño, el tono de mi voz o el dibujo borroso de las cejas… eso que tanto les molesta, que les irrita, eso que no les atrae ni siquiera cuando algunas noches me deshago en plegarias de un amor tan humano.
Reconozco que me es harto difícil aceptar sin más su ignorancia de mí… En las tardes de verano, con la esperanza aún por recoger, les guardé poemas de tinta verde; cuando llegó el otoño me mantuve erguida y les ofrecí ser buena, no dejar nada en el plato, tenerlo todo limpio y a tiempo… Pues no, no les gusto a los dioses.
Sin embargo, yo sigo insistiendo en averiguar si el problema reside en mi modo tosco de entornar los ojos, en la rebeldía de mi rudo pelo, en la escasa elegancia de mis pasos o en este ritmo antiguo y ternario que me machaca el aliento poético. A veces pienso que no tengo de qué preocuparme, que únicamente pasa que los dioses no sienten, que son in-sen-si-bles, que no se enamoran, que se acuestan muy solos todos los días del año. Pero ni soy tan tonta ni a ellos les da por esconderse: a menudo los he visto bailar abrazados a mujeres hermosas o besarles la espalda a unos hombres morenos.
Ya está, concluyamos con que yo no les gusto a los dioses… De muerte mortal y de nacimiento, no se me dan bien, no me tienen hoy ni pizca de gana.




