De plata

Siempre bajaba los escalones de dos en dos, lo que requería concentración y técnica: los pies no pueden ir de frente, sino casi paralelos al borde de la escalera, y los saltos han de ser ágiles, de modo que el impulso del primero derroche fuerza para el segundo… y así los ocho pisos. (Agradecimientos al maestro Cortázar y blablabla).

He sido siempre más rápida que el ascensor, al menos al bajar. No me interesó competir en la subida porque sabía de antemano el resultado… Y es que yo había llegado al mundo para ganar, o a lo mejor para ser rescatada por una nave espacial que me reclamase en breve y que algunas mañanas me recordaba que yo no era de esta galaxia.

Sin embargo, subir… ¡subir!… Lo de la otra escalera, la escalera monumental, la escalera más importante, era una historia completamente distinta. Cada año contaba cuánto me quedaba a mí para ponerme frente a ella, agarrarme el vestido blanquísimo con las puntas de los dedos y subir con gracia y ante la mirada envidiosa de las niñas a las que todavía les faltaba un tiempo para hacer la comunión. Ese día iba a subir los escalones de uno en uno, ese día no pensaba competir con el ascensor… Tampoco debía subir demasiado lento sino con ritmo de princesa que abandona el baile, o de princesa que regresa de pasear a caballo por el monte, o de princesa que vuelve de cortar flores del jardín, o de princesa buena convertida a la exquisitez de bajar o subir con calma contenida una escalera.

No sé a quién no convencí aquella mañana, porque nadie ha vuelto a tomarme medidas para un traje de princesa.

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