De tacón
21 de Julio de 2007
Hay tacones que no saldrán nunca de su caja.
Hay otros que deberían cortarse la lengua.

21 de Julio de 2007
Hay tacones que no saldrán nunca de su caja.
Hay otros que deberían cortarse la lengua.

21 de Julio de 2007
En el día de hoy mi gravedad
se reduce a un exceso de cincuenta
−aproximadamente−.
Me pesan
las esquinas
la muerte sin aplauso
la sangre muda
Cada mañana y siempre
asumo mi deber de adelgazarme.

20 de Julio de 2007
Hoy me acuerdo de Elisa
que pasó por Atocha una mañana
pero no me miró…
Elisa, entre tus dos piernas moradas
estoy buscando un ritmo adolescente:
la clave de mi sol está afilada
y escucho bronco un silencio de ayer.
Suerte de Elisa, redonda, amarilla…
Elisa de este canon,
estabas en Atocha…
Otra vez la canción:
yo
no
so-y
E-li-sa

14 de Julio de 2007
Porque soy tartamuda
no veo en los ojos de los hombres
si lloverá esta tarde
o si habrá que esperar
a estar desprevenida de tormenta.
Porque soy tartamuda
me amordazo, me devoro el aliento
y no piso los charcos ni me mojo…
Otra vez me repito en la amenaza
distraída de un perro
o en la falta de fuerza de mi brazo…
Qué poco peso, qué tan poca altura
de tonta tartamuda
de nacimiento.

4 de Julio de 2007
Me gustan los jueves, recitar, la tortilla de patata, el valle de Ordesa, hablar de nada con los amigos, escribir con pilots, planchar, explorar los contornos, el otoño y la primavera, la luz de noviembre, el nescafé, buscar parecidos entre los pies y las manos, los teclados, las lenguas muertas, hacer planes, los edredones de plumas, Mercedes Sosa cantando Alfonsina y el mar, la comida japonesa, y los ogros. Me encantan los atardeceres en la Plaza de Oriente, mirar a los ojos a un desconocido, los cementerios, los inteligentes generosos, los postres semifríos, las flores en los balcones, que me abracen con fuerza, los relojes de arena, las varitas mágicas, pisar los charcos, las bibliotecas públicas, el buen vino y leer todos los años las églogas de Garcilaso.
No me gustan los sábados, hablar por teléfono, las inmobiliarias, la nata en la leche, ir al gimnasio, las babosas, los platos sin recoger, el segundo día de lluvia, pasar la aspiradora si hay alfombras, las guerras de las galaxias, los ricos, las clases de inglés, las bodas, el olor de la gasolina, despedirme de mi madre en la puerta del ascensor, las pulseras de oro, esperar, perder la partida, la niebla, el último capítulo, los descapotables, ordenar los zapatos… Me dan miedo los dentistas, los perros sueltos sin dueño, los señores que pegan y las señoras que gritan. No soporto ni los trasbordos ni la soberbia. Me irrita hacer cola en el cine, los coches que aparcan en todos los cruces, los amores cobardes, escribir en hojas de cuadritos y la excesiva lentitud…

4 de Julio de 2007
Siempre bajaba los escalones de dos en dos, lo que requería concentración y técnica: los pies no pueden ir de frente, sino casi paralelos al borde de la escalera, y los saltos han de ser ágiles, de modo que el impulso del primero derroche fuerza para el segundo… y así los ocho pisos. (Agradecimientos al maestro Cortázar y blablabla).
He sido siempre más rápida que el ascensor, al menos al bajar. No me interesó competir en la subida porque sabía de antemano el resultado… Y es que yo había llegado al mundo para ganar, o a lo mejor para ser rescatada por una nave espacial que me reclamase en breve y que algunas mañanas me recordaba que yo no era de esta galaxia.
Sin embargo, subir… ¡subir!… Lo de la otra escalera, la escalera monumental, la escalera más importante, era una historia completamente distinta. Cada año contaba cuánto me quedaba a mí para ponerme frente a ella, agarrarme el vestido blanquísimo con las puntas de los dedos y subir con gracia y ante la mirada envidiosa de las niñas a las que todavía les faltaba un tiempo para hacer la comunión. Ese día iba a subir los escalones de uno en uno, ese día no pensaba competir con el ascensor… Tampoco debía subir demasiado lento sino con ritmo de princesa que abandona el baile, o de princesa que regresa de pasear a caballo por el monte, o de princesa que vuelve de cortar flores del jardín, o de princesa buena convertida a la exquisitez de bajar o subir con calma contenida una escalera.
No sé a quién no convencí aquella mañana, porque nadie ha vuelto a tomarme medidas para un traje de princesa.

4 de Julio de 2007
Temo que a tu regreso
me hayas convertido en cucaracha
o en serpiente amazónica
o en tucán amarillo.
¿Seré el próximo invierno un triste sapo?
¿Tendré alas? ¿Vello en el intestino?
Temo que a tu regreso ya no existan
(o sí y así otra vez)
y sea tan oscuro y tenga frío.
